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El día que me hice Regio.

Viendo el engomado de la pared e imaginando diseños de oficinas me puse a pensar en los últimos meses. No me di cuenta el momento en el que me convertí en Regio ¡No lo quería! pero fue más fuerte que yo. Si bien es cierto, han sido ya casi dos docenas de meses -entiéndase esto en mexicano como “Un chingo””un buen”,en pocho “a lot de time” y como “un jurgo” en Colombiano- también es cierto que el arraigo multicultural es una cosa bien jodida de dejar.

Al principio todo era una gran molestia, el tráfico, las calles para los carros y sin andenes para la gente. Salir a caminar resultaba ser una experiencia extrema. Se deberían vender paquetes de turismo aventura  por Gonzalitos o Garza Sada… y que sobreviva el más fuerte. Algo así como la versión urbana “Survivor”.

Esta ciudad de gente cálida y “coda”  (un poco goda pero no toda coda), de clima cálido… muy cálido, la ciudad que clama a todo pulmón y con lágrima en el ojo que “we’re so proud to be Mexicans“; resultó ser muy diferente a la que está 2600 metros más cerca de las estrellas, y mucho más distinta a la docta cuna del catolicismo gaucho (entiéndase como Bogotá y Córdoba). Por otra parte sentir que te hablaban como enojados y con una serie de términos que ante los oídos de cualquier sudamericano -como acá nos llaman a los del sur- sonaban a insulto -aún sin serlo-; complicaba un poco más el proceso de adaptación y de hacer un nicho. Aún así, la elegí.

Los primeros meses fueron fabulosos ya que compartía una suburbana y rosada casa al norte de la zona metropolitana, con un par de Evitas del país del sagrado corazón. No podíamos ser más diferentes: Una morenaza caleña con todo el trópico y la salsa en las venas, una rola -no una canción, sino una rola en colombiano, que quiere decir: oriunda de Bogotá- onda reggae y ska; y yo, que hasta el sol de hoy soy una mezcla de muchas cosas, pero nacido en el altiplano cundiboyacense. De cariño la llamábamos la casa rosada, por eso lo de las dos Evitas. En la casa rosada se congregaba gente de todos los rincones del país azteca y uno que otro extranjero que tenía la fortuna de pernoctar en nuestra morada… y digo fortuna porque realmente la pasaban genial. Las chicas eran realmente buenas anfitrionas -yo no tanto- recibíamos a quienes lo necesitaran con los brazos abiertos ¡y las cervezas abiertas! Tratamos en vano de seguir la maratón “Reyes-Guadalupe” -originalmente Guadalupe-Reyes – ¡pero solo llegamos a mayo! A partir de entonces, la casita rosada empezó a vaciarse, las chicas se fueron: una para la capital y la otra un poco más al sur ¡tipo llegando al Ecuador! Al final terminé yo solo… por un rato.

Citando a una de las finalistas de un reality show de canto en mi país natal, quien había vivido en varios lugares y que cantaba como un rebaño de ovejas perfectamente afinado; dijo algo que resultó explicar  la naturaleza de lo que contengo y me define como ser humano. Fue algo así como que: “cuando uno viaja, aprende y toma lo mejor (o lo que quiere) de cada lugar en el que uno vive, porque todos somos ciudadanos del mundo”. No podría estar más de acuerdo con ella. Sin ánimo de ofender ni parecer esnob (el esnobismo no va conmigo), cada quien toma su experiencia por el mundo de la forma en que más le guste. En lo particular, tomo parte de cada cultura en la cual me encuentre inmerso y esas mismas cosas las adopto como mías, razón por la cual al final uno termina una mezcla rara de varias cosas. Pero esto no quiere decir que mi pasaporte deje de ser cafecito y con figuras de arte rupestre. Uno nunca pierde su esencia -a veces se extravía, pero vuelve-. No necesariamente se es de donde se nacer, se puede ser de donde se vive, de dónde se es querido, o de donde está el corazón… y para mi, aquí terminó conjugándose todo eso.

Pasados los meses y con la población de la casa rosada regada a lo largo del continente, el “input” criollo se vio notablemebte reducido y así fue como lindas -y otras no tan lindas- costumbres se fueron arraigando en pro de formar parte de la ciudad que me da para vivir. La Rola vive en el DF y yo en Monterrey. Aunque no de sangre, somos familia, así hacemos que este lugar sea el que nos quiere. En julio será un año de que acá tenga mi corazón. Lo celebraremos en Colombia.

Muy lindo todo. Sin embargo, hacía falta un hecho concreto. Y fue así como un día terminé pagando una “Mordida” (Arreglo) para que no me cortaran la luz y me dejaran pagarla en fecha extraordinaria. Cuando se hacen ese tipo de arreglos que nos van a ayudar para que algo no empeore y por los cuales los “correctos” cobran su parte, se puede decir que oficialmente se es un lugareño más. No está bien hacerlo, pero las mordidas, arreglos o coimas, son parte de nuestro día a día y no solo acá en el norte, en el sur también  y en muchos otros lugares, queramos o no ¡Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra! Así llegué a la conclusión chucureña y jocosa de que no somos del un lugar, hasta que pagamos una mordida para safarnos de algo. Me convertí en mexicano el día que pagué una mordida, y en regio el día que dije “Goey”

… al final la solución del problema era simple:  hablar como mexicano, pero para desgracia -o ventura- mía ¡ahora hablo como regio mamón! y eso me costó $500.

Oak Reveur

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